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martes, 14 de febrero de 2017

Antes de la invasión chilena

Todo comenzó en 1842 cuando Chile aprobó una ley mediante la cual declaraba de su propiedad las guaneras existentes al sur del paralelo 23,6º de latitud sur, que Bolivia consideraba suyas.

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Puerto boliviano de Antofagasta, antes de la invasión chilena. Fuente: Gumucio (2013) 
Por: Andrés Guzmán Escobari 

Hace exactamente 138 años, un contingente militar de Chile invadió el puerto boliviano de Antofagasta sin previa declaratoria de guerra porque, según explicaron las autoridades chilenas de entonces, Bolivia había “roto” el Tratado de límites de 1874 al imponer un cobro de 10 centavos por quintal de salitre exportado a una empresa anglo-chilena que operaba en el litoral boliviano.

Desafortunadamente nunca se esclareció si verdaderamente hubo un incumplimiento de Bolivia, porque jamás se realizó el arbitraje que, según lo convenido bilateralmente en el Protocolo de 1875 (artículo 2), se tenía que aplicar en este caso en el que existía una discrepancia respecto a la inteligencia y ejecución del Tratado.

Pero por más de que nuestro país hubiese “roto” el tratado de 1874, eso no le daba derechos a Chile para agredir militarmente a Bolivia, ni mucho menos para privarla de su litoral. La reacción chilena fue inobjetablemente desproporcionada y no incluyó siquiera una declaratoria de guerra, que era lo que se estilaba en aquella época, cuando todavía no se había prohibido el uso de la fuerza en las relaciones internacionales.

Pero para entender las circunstancias e intereses que provocaron todo esto, es necesario recordar qué pasó antes de la invasión chilena, cuando se iniciaron los problemas entre ambos países.   

Todo comenzó en 1842 cuando Chile aprobó una ley mediante la cual declaraba de su propiedad las guaneras existentes al sur del paralelo 23,6º de latitud sur, que Bolivia consideraba suyas, porque según el uti possidetis juris de 1810, que es una convención aprobada por todas las naciones sudamericanas y que dispone establecer los límites fronterizos entre nuestros países en base a la delimitación de la Corona española, el territorio boliviano llegaba hasta por lo menos el paralelo 25º de latitud sur, tal como lo establecen las cedulas reales y las leyes de indias, y lo reconocen también prestigiosos tratadistas chilenos como José Miguel Barros (2009) y Fabián Berrios (2016).

Bolivia protestó y se inició una fuerte disputa por el territorio de Mejillones y sus alrededores, que incluyó tres incursiones de la marina chilena en territorio boliviano. En efecto, según los historiadores Miguel Mercado (1930) y Gonzalo Bulnes (1976), en 1846 la goleta chilena Janequeo atracó en punta de Angamos (23°3´), donde sus ocupantes enarbolaron la bandera de Chile; en 1847, los pasajeros del bergantín Martina instalaron un fortín en Mejillones y fueron expulsados luego por el bergantín Sucre; y en 1857, la corbeta chilena Esmerlada desembarcó nuevamente al norte Mejillones, con el propósito de anexar ese territorio a Chile, llegando incluso a rebautizar el lugar con el nombre de “Santa María” y a capturar un barco guanero estadounidense, llamado Sportsman, que provocó un impase diplomático con Washington.

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Ley chilena de 1842, promulgada por el Presidente Manuel Bulnes
Además de esas incursiones, las infructuosas negociaciones que se desarrollaban en esos momentos en Santiago y sobre todo la explotación clandestina del guano de Mejillones por parte de miles de chilenos que se habían establecido en el litoral boliviano, fueron los determinantes de la autorización que en 1863 recibió el gobierno de Bolivia de su Congreso para declarar la guerra a Chile “siempre que agotados los medios conciliatorios de la diplomacia, no obtuviere la reivindicación del territorio usurpado ó una solución pacífica, compatible con la dignidad nacional”.

En razón de esa determinación, según cuenta Roberto Querejazu (1979), Bolivia mandó a Don Tomas Frías a Santiago para negociar la devolución del territorio que había sido ocupado por capitales y obreros chilenos. Pero a poco de fracasar esa gestión, ocurrió un hecho que cambió el curso de los acontecimientos, una división naval española invadió las islas Chinchas del Perú a título de “reivindicación” y se encendió la alarma en todo el continente. Efectivamente, el temor a la “reconquista de América” propició el acercamiento entre La Paz y Santiago, que se tradujo en una alianza defensiva en la que también participaban Lima y Quito.

En esas circunstancias, que sólo fueron posibles con el cambio de gobierno en Bolivia, de Achá a Melgarejo, se creó un ambiente propicio para resolver la cuestión de Mejillones. Ciertamente, el 10 de agosto de 1866 los representantes de ambos países suscribieron un Tratado de límites que estableció la frontera en el grado 24º de latitud meridional, dejando las riquezas en territorio boliviano, pero instaurando un sistema de medianería precisamente entre los grados 23º y 25º, para que ambos países puedan explotar sus riquezas de manera compartida.

En 1871, en razón de los conflictos que Santiago mantenía con Buenos Aires, el Congreso chileno autorizó la compra de dos buques blindados que se construyeron en Inglaterra. Lo cual naturalmente generó recelo no sólo en Argentina sino también en Bolivia y Perú, que veían con desazón el acercamiento anglo-chileno, que se manifestaba en la explotación de sus riquezas en las costas del Pacífico de manera voraz y prácticamente incontenible. Fue así que antes de que Chile reciba sus buques de guerra, en 1873, los gobiernos de La Paz y Lima suscribieron un Tratado secreto de Alianza Defensiva, al que nunca se logró incorporar Argentina, a pesar de los denodados esfuerzos que hicieron los signatarios para incluir a ese país en la alianza.

A pesar de que se trataba de una alianza secreta, el gobierno chileno se enteró al poco tiempo de su existencia y de la posibilidad de que la Argentina fuera a incorporarse. Según Berrios (2016), la información llegó a Santiago a través de la diplomacia brasileña que tenía interés en impedir el potenciamiento argentino. Fue en ese contexto que Chile decidió atender los reclamos de Bolivia respecto a los problemas que había provocado la medianería y aceptó suscribir un nuevo Tratado de límites, el 6 de agosto 1874, que confirmó la frontera en el paralelo 24º de latitud sur, eliminó la medianería y restringió la imposición de nuevas contribuciones a personas, capitales e industrias de Chile por el término de 25 años.

Entre 1873 y 1875, el Perú nacionalizó la industria del salitre, en lo que se conoció como “la ley del estanco” que perjudicó seriamente a muchas empresas anglo-chilenas que se habían establecido en Tarapacá. La medida fue uno de los detonantes más importantes de la Guerra del Pacífico, pues mientras Bolivia la tomó como un ejemplo a seguir – el Presidente Hilarión Daza llegó a manifestar su intención por “fregar a los gringos” –, Chile la vio como un peligroso antecedente que podría replicarse en el litoral boliviano.

Fue así que Daza, valiéndose de su alianza con el Perú, decidió aplicar el cobro de los 10 centavos ya mencionado, en una actitud que claramente no supo medir las consecuencias de sus actos, pues no sólo no logró más ingresos para el Estado como tenía previsto, ni tampoco logró “fregar a los gringos”; lo único que consiguió fue provocar a Chile, que como ya se dijo reaccionó desproporcionadamente y con los resultados para Bolivia que todos conocemos.