Por: Andrés Guzmán Escobari
Los fuertes cuestionamientos que ha hecho el Presidente Morales al sistema neoliberal que impera en Chile y los escándalos de corrupción que se han descubierto en ese país, han incidido fuertemente en la opinión que tienen los bolivianos sobre el gobierno de Santiago y sobre cómo viven los chilenos, que hasta hace poco eran valorados positivamente.
| Fuente: todanoticia.com |
Hace unas semanas, la periodista chilena Vivian Lavín
publicó un artículo titulado “Lo que ignoran los
bolivianos” [clic aquí para ver el artículo], referido a lo difícil que es comprender a la realidad chilena
desde la perspectiva boliviana, cuando los que hablan en nombre del pueblo
chileno, en nombre del “Chile profundo”, son justamente quienes están
satisfechos con el sistema actual que favorece a los más poderosos.
En efecto, según la autora, el desconocimiento que tenemos
los bolivianos de los chilenos y viceversa, es la semilla de la desconfianza y
de la odiosidad que hemos visto resurgir en el último tiempo en los discursos y
en las acciones de nuestras autoridades. Lo cual, si bien es cierto, no estaría
completo si no consideramos que también influyeron las enormes discrepancias
que tienen las narrativas maestras de uno y otro país respecto a la historia –
especialmente respecto la Guerra del Pacífico -, y la cantidad y gravedad de
asuntos pendientes que aún subsisten entre nuestros países.
Lavín también afirma que los bolivianos desconocemos el
sacrificio que hacen la mayoría de los chilenos para sobrevivir en una sociedad
muy desigual, con grandes capitales controlando los recursos naturales y los
medios de comunicación, con un sistema de pensiones que en lugar de asegurar
una vejez digna para los contribuyentes, “alimenta a la banca y a las grandes
empresas que terminan fagocitando el 50 por ciento de todo el dinero que
reúnen”, y con un sistema que favorece a unas cuantas familias que se han
enriquecido exageradamente en los 26 últimos años de postdictadura y en
detrimento del bienestar popular.
Si bien es innegable que en Bolivia tenemos la percepción de
que los chilenos viven bien – al menos mejor que nosotros –, porque sabemos que
sus indicadores de pobreza y desarrollo humano son mejores que los nuestros; en
el último tiempo, las críticas que ha hecho el Presidente Evo Morales al
sistema político chileno y las noticias que llegan desde Chile sobre los escándalos
de corrupción y el descontento popular, han cambiado un poco esa percepción.
Ciertamente, los fuertes cuestionamientos que ha hecho Morales
al sistema neoliberal que impera al otro lado de la cordillera, donde supuestamente
gobiernan partidos socialistas y comunistas, y el énfasis que ha hecho respecto
a que “todo está privatizado en Chile, hasta el mar”; han incidido fuertemente
en la opinión de los bolivianos sobre el gobierno de Santiago y sobre cómo
viven los chilenos, que hasta hace poco eran valorados positivamente. De igual
forma, la información que se ha difundido a nivel internacional sobre los casos
de corrupción que se han descubierto en Chile en el último tiempo, que salpican
a casi toda la clase política (oficialismo y oposición), a los empresarios,
militares, dirigentes deportivos y otros; también ha tenido una incidencia
directa en la apreciación que tiene el boliviano promedio sobre la sociedad
chilena. Lo cual ha sido particularmente llamativo por venir de un país que
paradójicamente se había hecho conocer por su transparencia institucional e identidad
legalista.
Ese cambio de percepción, si bien es reciente y se desarrolla
con una buena dosis de desconocimiento, como bien apunta Lavín; también ha hecho
surgir la idea de que es el momento oportuno para exigirle a Chile que cumpla
sus compromisos de negociar una salida soberana al mar por un lado, y de
garantizar el libre tránsito de Bolivia en su territorio y puertos del Pacífico,
por el otro. A lo cual se suman los reclamos por la utilización no equitativa
ni razonable de los ríos Lauca y Caquena, y por el uso gratuito e ilegal de las
aguas del Silala, aunque este último caso fue judicializado por Chile.
Esa idea de aprovechar la coyuntura, que en buena medida ha guiado
las acciones de la diplomacia boliviana en el último tiempo, se fundamenta además
en el hecho de que en este lado de la cordillera también hubo transformaciones importantes,
pues se ha pasado de una tradicional inestabilidad política y falta de
gobernabilidad, que casi siempre había caracterizado a Bolivia, a un periodo en
el que se ha logrado mantener una relativa paz social y se han podido ejecutar políticas
sociales y económicas de largo plazo. Lo cual, a su vez, es el resultado de las
medidas de inclusión social que ha impulsado el actual gobierno para considerar
en las decisiones nacionales a importantes segmentos de la sociedad, que habían
sido históricamente marginados y discriminados.
Este cambio de papeles, sin embargo, ya se ha comenzado a
estudiar en los ámbitos académicos de ambos países. Una muestra de ello es el libro
La Punta del Iceberg, la aspiración
marítima boliviana y sus implicancias en la seguridad y defensa de Chile
(2015), del Centro de Estudios Estratégicos de la Academia de Guerra de
Chile, que analiza en detalle la situación política, económica y social de
Bolivia desde la perspectiva de los investigadores chilenos: Pablo León,
Cristian Faundes, Marjorie Gallardo, Osvaldo Cerpa, Andrea Gaete y Carl
Marowski, con el prólogo de Don José Rodríguez Elizondo.
Por el otro lado, los investigadores bolivianos: Daniel
Agramont, José Peres Cajias, Marwin Flores, Rodrigo Fernández y quien escribe; también
han estado trabajando en un estudio sobre esta situación que pronto saldrá a la
luz y que analiza tres aspectos clave de las relaciones boliviano-chilenas: 1) las
causas de la extrema dependencia que tiene Bolivia de los puertos chilenos; 2) la
aplicación histórica y presente del libre tránsito estipulado en el Tratado de
1904 y sus acuerdos complementarios; y 3) la relación que existe entre las
élites económicas chilenas y el comercio marítimo boliviano.
Por todo esto, aunque en las actuales condiciones no es
posible augurar una recomposición de nuestras relaciones en el corto plazo, ni tampoco
el establecimiento de la paz y la amistad que merecen nuestros pueblos, tal como
afirma Lavín; es evidente que al menos en ciertos ámbitos de estudio, existe la
intención de construir las bases para superar esas desconfianzas y odiosidades,
que por tanto tiempo nos han distanciado y nos han llevado al punto donde
estamos.